...o al menos eso intento después de esta semana de vaivenes que no me dejó indiferente.
Me acomodé en este pueblo tan campestre con toda la buena energía que podía dar de mí. Me quería comer el mundo, pero al parecer ha empezado él a morderme antes de que yo siquiera haya ido a por los cubiertos. Todo parecía tan perfecto, idóneo. Lejos de los problemas, con una nueva familia que me quiere muchísimo, y con la oportunidad de mejorar todo en mi día a día. Una rutina perfectamente organizada para dedicarle el tiempo necesario a cada cosa, y que cada una fuese en el momento indicado.
Lo mejor fue cuando llegué a casa por la noche y me encontré con mi acogedora y queridisísisima familia que como era de esperar, me apoyaron y me comprendieron con lo del móvil. Y luego se preguntan por qué no quiero volver a vivir con ellos, pero en fin.
El caso, después de bloquear la SIM y el teléfono la mañana del sábado, me esperaba un gran día. Y afortunadamente lo fue. Estuve a Paula, Víctor, Alfonso, Elsa (que por cierto me trajo una figurita preciosa de la India), a las dos Anas, con Celia, Zoak y con mucha mas gente que había en el cumple. El día fue redondo, y la barbacoa en la playa salió de puta madre, a pesar de todos los contratiempos. En definitiva una experiencia a repetir. Y ya para rematar, mi otra Celia de Almonte se quedó en mi cama a dormir (yo en el sofá, obvio) y por la noche salimos por Bonares después de un bufé libre de pizzas que Alfonso nos deleitó en su casa.
Ya el domingo fue mas relajado, estuve hasta las nueve de la noche o así en Villarrasa, donde por cierto mi primo José Martín me hizo maravillas con sus poderes hipnóticos, y volví a aterrizar en el pueblo de las cabras para comenzar mi perfecta rutina de nuevo siempre con una sonrisa, porque eso es lo que realmente importa, ¿o no?
